Hay tantas cosas admirables en el mundo que nos rodea, ya
se trate del firmamento, las tierras o las aguas colosales
del océano, que uno podría pasar la vida entera en actitud
de explorador, sin cansarse de encontrar muchas y muy
variadas maravillas.
O
podría uno emplear todos sus días en la reflexión profunda
de aquellos interrogantes que solemos incluir bajo el título
de "filosofía," discurriendo sobre el sentido de la vida,
las propiedades universales del ser, la estructura última
del lenguaje humano o la raíz de todos los valores.
En fin, si vamos a las artes, los números, la literatura o
el Derecho, lo único que encontramos son avenidas y más
avenidas inmensas que conducen a nuevos caminos y sendas en
los que todo está por conocer. Para una mente abierta, este
descubrimiento produce vértigo: la vida es breve; toda vida
humana es breve, aunque sea sólo por comparación ante los
abismos insondables de lo que se podría llegar a aprender.
Y sin embargo, hay otra clase de aprendizaje que muy
raramente se enseña en las facultades universitarias o los
bancos de la escuela. Algo que parece que sólo la vida misma
pudiera darnos, y que solemos llamar "experiencia" o
"sabiduría."
La respuesta es: el conocimiento de sí mismo. Sin este
conocimiento no logramos comprender el contexto vital que
hace nacer eso que llamamos "experiencia," que a su vez es
como un requisito para la "sabiduría." La experiencia es un
saber que requiere de contexto, y el contexto que nos lleva
a ese saber es conocernos a nosotros mismos.
Se puede decir que hay muchos conocimientos exteriores pero
que este otro es un conocimiento interior porque no se
vuelca sobre las cosas ni sobre las vidas de otros ni
tampoco sobre el perjuicio o beneficio inmediato de las
acciones propias o ajenas. Pero tampoco es un simple mirar
hacia adentro, como si uno tomara una cámara de video y en
lugar de enfocarla hacia la calle la enfocara hacia la sala
de la casa en que se encuentra. Es algo más profundo que
iremos descubriendo poco a poco. Por ahora digamos que es
más el acto de mirar cómo uno mira o de valorar cómo uno
valora.
Esta clase de conocimiento puede parecer abstracto, difícil,
borroso o inútil. Mi impresión es que efectivamente tiene un
poco de estas cuatro cosas y que aún hay muchas otras
críticas que se le pueden hacer. Y sin embargo, atañe a
cosas muy concretas, ayuda a simplificar el corazón, trae
una gran claridad y colma de sentido la vida.
Muchos santos han hablado de este conocimiento y creo que
prácticamente todos lo han practicado, de distintos modos.
La razón podría estar en aquello que dijo Santa Teresa de
Jesús, "la humildad es la verdad." Sin el conocimiento de sí
mismo, el cristiano está condenado a equivocarse en la
valoración de sí mismo y de sus actos. A veces considerará
sus cualidades como insuperables y peca por soberbia; otras
veces estima que sus errores son del todo irreparables y se
hunde en la desesperación. Sin un conocimiento de su propio
ser rebota cruelmente entre estos extremos y se equivoca una
y otra vez en la causa de sus males. A menudo culpa a otros
de lo que es su propia responsabilidad, aunque tampoco es
extraño que se sobrecargue de acusaciones y se inunde de
amargura. Es apenas lógico reconocer que un corazón sometido
a este cruel tratamiento de ignorancia estará demasiado
miope para la obra de la gracia.
Así entendemos que el conocimiento de sí mismo está ligado a
la fe, la religión y la espiritualidad. No es su único
vinculo importante. A lo largo de nuestras reflexiones y
sugerencias nos encontraremos a menudo visitando tierras de
la psicología, la filosofía, la historia y la literatura,
entre otras disciplinas. Nuestro enfoque, sin embargo, tiene
como línea, verte crecer en Jesucristo y en su gracia!
Aprender a conocerse es una tarea de la que nadie debe
excluirse bajo riesgo de hacerse mucho daño y de causar
también mucho daño a otros. Un político que no sepa de su
propia responsabilidad; un sacerdote que ignore la dignidad
de su vocación; un hijo que desconozca qué es el milagro de
la vida; un filósofo que no se pregunte por qué escogió su
primera pregunta; una esposa que no sepa por qué quería
sentirse acompañada... ¿de verdad cabría esperar mucho de
personas así?
Cuanto más pronto los jóvenes se conozcan a sí mismos, más
pronto también sabrán de los defectos de su carácter y más
pronto buscarán remedios que podrán hacerles mucho bien. A
la vez, temprano en su carrera sabrán cuáles son sus
fortalezas y así perderán menos tiempo en divagaciones
inútiles, aunque reconociendo siempre que de todo recorrido
puede aprenderse mucho.
La persona que se conoce es infinitamente menos violenta que
la que no se conoce. La violencia es ignorancia fermentada.
Por eso en las discusiones alza más la voz el que menos
seguro se siente: suple con gritos lo que le falta en
convicción de las propias razones.
La persona que se conoce tiende a ser mas misericordiosa. Ha
visto sus propios errores y le queda más fácil entender que
otros yerren. Ha visto que el mal tiene mil disfraces y que
es fácil equivocarse; por eso simpatiza con la frase
compasiva de Cristo en la Cruz: "Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen" (Lucas 23,34).
La persona que se conoce sufre menos de miedo y por eso
también es mucho más libre. El miedo multiplica su fuerza
con la ignorancia. Vencida la ignorancia, cae también el
bastión primero del miedo.
La persona que se conoce no vive al azar de las
circunstancias, al vaivén de las modas o en la incertidumbre
de un destino predicho e incógnito a la vez.
Sí: las personas que viven en pareja tienen cada una el
derecho y el deber de conocerse a sí mismas. ¿De dónde
vienen, no digo yo los problemas, sino la incapacidad para
resolverlos, si no es de esa tendencia humana a ver la
astilla en el ojo ajeno y no la viga en el propio (Mateo
7,3-4)? Dígase otro tanto de quienes comparten su vida de
otras maneras, por ejemplo, los religiosos. Si cada cual no
lucha por conocerse, usará sus recursos para imponer las
propias ideas o estilos pero no sabrá a quién sirve en
últimas todo eso, y es posible que esté sirviendo a los
ídolos de la soberbia, la envidia, la división o el egoísmo.
A
poco que reflexionemos, pues, encontramos que una vida
adulta y llena de sentido, una vida en paz consigo misma y
capaz de generar paz en su entorno, es siempre la vida de
alguien que ha llegado a conocerse bien a sí mismo.
Como llegar a un conocimiento propio desde el camino de Dios
El examen de conciencia
tradicional
es muy beneficioso, ya que nos permite ver directamente las
faltas que hemos cometido. Estas faltas una vez escritas en
un papel y confesadas, nos permitirán acercarnos más a Dios,
llegar como el hijo pródigo hasta el Padre Misericordioso.
Recibir el perdón que nos dará la tan ansiada paz en el
corazón.
Sin embargo en el camino de la Consagración es necesario
enfocar un
examen de conciencia
diferente,
que se hace luego del examen de conciencia tradicional. Este
es muy importante en cuanto a reconocer todo lo que hemos
recibido de Dios y como lo retribuimos en nuestra vida
diaria.
El conocimiento de uno mismo es fundamental en la relación
de hijo y Dios Padre, en el reconocer todas las cosas que El
nos ha donado en nuestra vida, nuestras virtudes, talentos y
capacidades.
Una vez que hemos podido valorar todo lo que hemos recibido
de Dios, el paso que sigue es contemplar como hemos
retribuido en actos de amor y desamor a este Dios que tanto
nos ama. Ver si hemos sido capaces de explotar nuestras
capacidades y conocimientos en beneficio de nuestros seres
queridos y nuestros hermanos.
Cuando completemos con
la
ayuda del espíritu santo
el conocimiento sobre nosotros mismos, y la obra
de Dios en nosotros, estaremos en condiciones de continuar
en el camino de la entrega de nuestras vidas al Inmaculado
Corazón de María.
Sabremos que vamos a entregar en esta consagración. Las
cosas buenas y las malas. Pues nadie es enteramente bueno o
malo. En esta entrega pediremos a María Santísima que nos
ayude a modificar nuestros grandes o pequeños pecados, y a
perseverar e intensificar nuestras buenas acciones, virtudes
y talentos.
Así seremos sinceros con nosotros mismos y con Dios. Y la
Consagración será plena y conciente, con amor, gratitud y
pedido de misericordia.